Mostrando entradas con la etiqueta Lágrima de cristal. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Lágrima de cristal. Mostrar todas las entradas

Del cielo una lágrima a sus ojos llueve.

Fuera llovía, al igual que en los ojos de aquella joven que observaba el mundo a través de la ventana. El cielo era del mismo gris que su existencia y las gotas se aferraban al cristal con la misma desgana que ella a la vida.

Nunca había sido una chica de muchas palabras. Vivía a través de los personajes de sus libros y eso era todo lo que necesitaba para ser feliz… pero entonces se dio cuenta de que no era así. Soñar ya no era suficiente. Observar la realidad desde el exterior ya no era una opción. Ser invisible no era el camino.

Había pasado tanto tiempo huyendo de los rayos de alegría que daban color a su vida que ya no recordaba lo que era sentirse querida, tener un motivo para sonreír cada mañana, cada noche, a todas horas; que los días no fueran un lastre, sino un aliciente. Y realmente quería que todo ello cambiara. Quería descubrir el sentido de la amistad, no tener que esconderse nunca más, eliminar de su vida el miedo a equivocarse, hacer realidad sus sueños. Amar, reír, sentir, vivir, llorar, reír más fuerte aún. Dejar de ser una marginada para volar tan lejos como le permitiera el cielo.

Y supo que era posible cuando recordó cada sonrisa, cada palabra amable y cada mirada llena de ternura que había recibido de aquellos que sabían que estaba ahí cuando era invisible.

Las gotas se aferraban al cristal con la fuerza que la ataba a ella a la vida, y el cielo era de un azul tan vivo como sus ganas de pasar página. Fuera llovía, pero en sus ojos se había disipado la tormenta y, después de mucho tiempo, volvió a salir el sol.

Shadows.

No estás a salvo de ellos ni en tu refugio. Te persiguen. Te acechan, esperando un momento de debilidad para aparecer. No descansan. Se alimentan de tu inseguridad, de tus miedos. Los ves en todos los rincones oscuros.

No tienen nombre, son sombras sin identidad que se cuelan en tu alma y la hacen quebradiza para que se rompa en mil pedazos con el primer golpe. Aparecen en tus sueños cuando menos te lo esperas, te hacen llorar. Ellos son los causantes de tu desgracia, y no al revés, como te empeñas en creer. Pero tú no te libras. Tienes parte de culpa por creer en ellos y permitir que se hagan más fuertes.

Con cada lágrima que derramas por ellos haces que su propósito tenga razón de sí, que sus ganas de herirte sean más sólidas. Cada pensamiento que les dedicas es una inyección de dolor, de rabia. Pero no puedes hacer nada por evitarlo. No puedes cambiar la imagen que los demás tienen de ti, ni lo que eres, ni lo que fuiste. Esas sombras te perseguirán toda la vida. Lo único que puedes hacer es intentar enterrarlas lo más hondo que puedas y asegurarte de que no saldrá nunca a la superficie. 

Pasar página y empezar un nuevo capítulo.

Querías que todo cambiara, estabas harta de la rutina, de lo mismo de siempre, de sus gritos de agonía, de las lágrimas, de la rabia. Querías un cambio, lo necesitabas. Lo deseaste con tanta fuerza que al final ocurrió y entonces deseaste no haberlo deseado. Pero no se puede volver atrás, somos prisioneros de nuestras acciones, así que lo hecho, hecho está, no hay vuelta atrás, nada de segundas oportunidades. No. Ya está, se ha ido, punto final, toca pasar de página. Te vistes de negro y la recuerdas, perdonas sus errores y te quedas con lo bueno, lloras con sus fotos y consuelas a quien más la quería, que es quien más la echará de menos. Te conviertes en un pañuelo para limpiar lágrimas y manchas en el corazón. Y como ya he dicho, toca pasar página, tienes que seguir con tu vida, los muertos se han ido, ahora hay que cuidar de los vivos.

Y te vuelves a sentir alegre por momentos, las nubes se disipan y vuelve a salir el sol, más radiante, más brillante porque ella está ahí arriba, queriéndote, apoyándote y protegiéndote, ahora tienes ángel de la guarda.

Pero llega uno de los días en que más la necesitas y todo se desmorona, porque ella no está ahí, es el primer año que ella no está para verte bailar, para darte ánimos, para sentirse orgullosa de ti. La echas mucho de menos, la necesitas a tu lado y crees que no podrás hacerlo sin ella. Pero entonces alguien te dice que sí que está, que se siente orgullosa de ti esté donde esté y que aunque ahora no esté lo único que tienes que hacer es pensar en ella mientras bailas, sentir que está viéndote y protegiéndote para que no te tuerzas un tobillo. Y funciona, al menos mientras todo está oscuro, pero luego se encienden los focos y ves a tu madre sonriendo con lágrimas en los ojos, tu padre haciendo fotos y tus hermanas solas, sin ella a su lado preguntando dónde estás, con sus ojillos verdes iluminados de orgullo.

Y para que ella sienta que ha estado contigo vas al cementerio y le llevas las flores que te han dado por hacerlo tan bien, por no haberte desmoronado. Te guardas una flor para ti y la rocías de la colonia que se echaba los domingos, para cuando quieras volver a revivir esos momentos en los que ibais al parque con tus primos y luego a comprar chucherías.

Lloras un poquito más, te limpias las lágrimas, te pintas otra vez la sonrisa y ya está, haces como que todo ha pasado. Esto te ha servido para darte cuenta de que simplemente pasar página no es nada. En estos casos hay que empezar un capítulo nuevo. Pero, ¿sabes? eso no tiene nada de malo, eso no significa que tengas que olvidarla. Revisar capítulos pasados de vez en cuando es bueno, te ayuda cuando no sabes cómo ni por dónde continuar.

En cada arruga se esconde un consejo.

Ahí está, sentado en un banco, con la mirada perdida y triste. Parece que la alegría le abandonó junto a la juventud, y las arrugas que surcan su rostro le dan un aire melancólico. Cualquiera que le mire en este momento pensaría que no es más que un viejo dando de comer a los patos, pero yo no veo eso, yo veo a una víctima del tiempo traicionada por los recuerdos. Su bastón descansa a su lado, custodiando una bolsa de migas de pan que acabarán en el estómago de algún pato. Me acerco y me siento a su lado, pero no sé qué decir, así que me quedo callada para no estropear el silencio. Su mirada llorosa debida a las cataratas se pierde en el horizonte y sus manos tiemblan, al igual que su boca, una muesca esculpida en su rostro.

 -Hace siglos que una jovencita como tú no se sienta a mi lado en este banco -dice con la voz temblorosa y grave, carcomida por el tabaco-. Aunque para mí hace siglos de todo. Creo que la última vez fue cuando conocí a mi señora esposa, que en paz descanse. Fue hace setenta y cinco años, cuando yo tenía dieciseis, y me enamoré de ella en seguida. Nos conocimos aquí y cuando nos casamos nos fuimos al pueblo y luego nos volvimos a mudar aquí. Siempre fue tozuda como una mula, y muy guapa. Era encantadora. Se llamaba Matilde, yo me llamo Antonio. ¿Tú cómo te llamas?

-Belén -digo en voz alta, tal vez más alta de lo normal-.

-No hace falta que me grites, que no estoy tan sordo. Bueno, como decía, adoraba a Matilde, cada vez que la decía "te quiero" me soltaba "Anda, anda, guardate esas ñoñerías para quien necesite oirlo, yo lo sé sin que me lo digas". Murió hace tres semanas. Cáncer, dicen. Pero yo creo que lo que la mató fue el estar lejos del pueblo. Nunca fue una mujer de ciudad ni de mundo. A ella le gustaba estar cerca de las ovejas y ver parir a las cerdas, ver a nuestros hijos corretear tras los lechones para tirarles de la cola. ¿Te has enamorado alguna vez?

-S-si -tartamudeé en voz baja con un poco de vergüenza.

-Pamplinas, los jóvenes ahora le llamais enamorarse a echar un casquete en cualquier lugar. Seguro que no te has enamorado nunca. Y los jovenzuelos no sabréis lo que es el amor hasta que lo perdais para siempre, o hasta que vivais una guerra y esteis a punto de perderlo todo. Malditas guerras y la madre que las parió. Yo tuve que luchar en la guerra civil, junto a mis siete hermanos, cinco murieron, el sexto está en una silla de ruedas porque le tuvieron  que amputar las dos piernas y yo soy el único que salí ileso, bueno, con la conciencia mutilada por las muertes que causé y con mis sueños rotos en pedazos, pero físicamente bien. Yo quería ser médico y estaba preparándome para ello cuando tuve que ir a la guerra. Al final ni medicina ni leches. Te estaré aburriendo ¿verdad? Supongo que a los jóvenes de hoy día no les gusta escuchar las batallitas de viejos aburridos, pero hace tanto tiempo que no hablo con nadie...

-No se preocupe, me gusta aprender de los demás, no soporto a esa gente que menosprecia a los mayores -Suelta una carcajada y una lágrima rueda por su rostro y se pierde en los surcos de su piel-. No llore, que no me gusta ver llorar a la gente.

-Hija, si son lágrimas de alegría, me alegra mucho ver que aún queda alguien decente en el mundo que puede conseguir que la Tierra no se derrumbe del todo.

-¿Y sus hijos? Dijo antes que tuvo hijos con su señora, que en paz descanse.

-Esos desagradecidos nos dieron la patada en cuanto cumplieron los dieciocho. No han vuelto a llamar los muy cabrones. Eran tres, tres hombres. Sé que el mayor se casó y tiene hijos, pero de los pequeños no sé nada. Ni quiero, no se merecen mi atención. Cabrones...

Veo que aprieta los puños con fuerza y tuerzo la boca en una mueca de asco. No es agradable que tus hijos te olviden.

-¿Lleva mucho tiempo viniendo a este parque? -pregunto con la confianza adueñándose de mis palabras-.

-Todos los miércoles y domingos desde que conocí a Matilde. Y pienso seguir haciéndolo hasta que mi corazón se pare, todos los miércoles y domingos.

-Pues mire, ahora me tengo que ir a clase, pero este domingo vendré a seguir hablando con usted. ¿Sabe? estoy estudiando medicina.

Me mira y sonríe, me apoya una mano áspera y llena de manchas en el brazo y me aprieta con cariño. Me levanto y veo que suspira.

-Eres igualita a mi Matilde, Belén. Me hubiera gustado tener una hija como tú. Cuídate, espero verte pronto.

______________________________________________________________

El tiempo pasa y sigo sentada en el banco. Es domingo y espero a Antonio, pero se retrasa. Y sigo esperando cuando el sol se pone en el horizonte. Entonces me doy cuenta de que en su lado del banco hay una nota para mi. Huele a tabaco de pipa y a vejez.

Todo parece igual, pero algo ha cambiado, esta vez no hay patos, se han ido para siempre, como él.

Demasiado ha aguantado sin ella, pienso antes de irme a casa.

Últimamente el cielo está precioso.
Supongo que es porque tú estás ahí arriba.
Porque no os olvidamos, quiero dedicar un minuto de silencio, aunque se merecen millones más, a todos aquellos que fueron víctimas de la barbarie de los terroristas.
Porque ese silencio contiene:
  • Todas las palabras que anidan en mi corazón y que no sé cómo decir.
  • Todas las lágrimas que quiero derramar pero no me atrevo, porque no tengo derecho a llamar dolor a lo que siento. Dolor es lo que sienten los que han perdido a alguien ahí. Yo, por ese lado, soy afortunada.
  • Todas las palabras de ánimo que no puedo decir a esa gente que perdió a alguien.
  • Todo lo que me callo y lo que quiero decirles a esos asesinos.
  • Todo el miedo que siento, porque eso nos podría pasar a todos.
  • Todo el valor que creo que tengo, porque eso nos ha hecho más fuertes.
  • Todo el apoyo hacia las víctimas.
  • Todos los latidos que se dejaron de escuchar hace siete años.
  • Todo el resentimiento hacia aquellos que necesitan que pase algo como esto para que se den cuenta de que la humanidad se está yendo a la mierda.
  • Toda la luz que contienen los millones de velas que se encienden todos los años por ellos.
  • Todas las almas de las personas que hoy han pensado en ellos.
Once cosas, once de marzo. Un día negro, un día de dolor, de lágrimas. Y también de esperanza, porque espero que eso no vuelva a repetirse jamás. Merece la pena pensar que por asesinos como esos la gente tiende a ser mejor persona, aunque sea solo por un día.

Ithilwen <3

Ya no volverá

Las lágrimas resbalan por su cara como un puñal en un corazón de piedra. Desde ese banco ve cómo cientos de familias felices sonríen mientras juegan con la nieve. Ella sabe que jamás podrá hacer eso porque todas sus esperanzas se esfumaron aquel invierno junto a él. Sabía que pasaría porque todo se estaba volviendo demasiado extraño. Y se dio cuenta cuando el tren se marchó de la estación y vio su mirada vacía por el cristal.

El vaho escapa de su boca en un suspiro helado. Una sonrisa irónica se forma en sus labios, unos labios que él jamás volverá a besar, unos labios que ya nunca formarán sonrisas sinceras, porque cualquier rastro de alegría que podía haber en su corazón se coló en ese tren y escapó del brazo de aquel monstruo hombre.

Ella arruga el papel que tiene entre las manos y lo comprime en su mano. Se hace daño pero eso solo sirve para que más lágrimas broten de sus ojos. Ella es la única culpable de aquello. Se enamoró de aquellos ojos, los convirtió en algo indispensable para vivir y ahora que se han marchado no sabe cómo continuar con su vida. Hay días que no tiene fuerzas ni de salir de esa prisión que tiene por hogar, aún no ha tenido el valor de mirarse al espejo, de enfrentarse a la realidad. Quiere creer que él volverá tal y como se marchó, que un día le llegaría una carta o una llamada de teléfono, pero en el fondo de su corazón sabe que eso jamás ocurrirá, que él la ha olvidado, que ya tiene otra mujer a quien decirle palabras bonitas al oído.

El fantasma de su amor se burla de ella desde la distancia, todo le parece una cruel broma del destino pasado. Sus manos empiezan a temblar. Le da un beso a la bola de papel y sacando fuerzas de flaqueza lanza la bola contra aquel fantasma, haciéndolo desaparecer. Se levanta del banco y, llorando, echa a correr, alejándose de aquel lugar maldito.
εïз
Unos pasos caminan por la nieve que hay en aquel parque tan especial. Sus pies se topan con una bola de papel arrugada con carmín en un lado. Se agacha a cogerla sintiendo una corazonada. Aquel carmín era el que ella usaba. Lo había besado tantas veces... Abrió el papel y sus esperanzas se rompieron en mil pedazos. Es una foto de ellos dos besándose en aquel mismo parque. No esperaba que ella hubiese superado su partida, quería creer que seguía amándole, pero ahora que ve aquella foto sabe que no es así, que le ha olvidado, que ha tirado sus fotos. Y él es el único culpable por marcharse cuando no debía, por ser tan cobarde y hacer daño a la persona a la que más quiere. Guarda la foto en el bolsillo de su abrigo y se aleja de allí corriendo mientras las lágrimas brotan de sus ojos.

Todas las canciones tienen una historia

Tantas veces le había oído tocar que me sabía perfectamente todas las canciones que su piano susurraba. Tenía un don especial, componía canciones inspiradas en la gente que conocía e intentaba que las melodías encajasen con su personalidad. Huelga decir que siempre lo conseguía y no puedes imaginarte de qué manera. Una vez compuso una para mí. No recuerdo cómo se llamaba, sólo sé que era una de las dos canciones más bonitas que había tocado nunca. La otra se la compuso a su madre el día en que ella murió. No podría explicar con palabras cómo era, pero te hacía llorar, por muy insensible que fueras. Ahí supe que tenía un don, aunque él no lo reconociese nunca. Desde aquel día sólo tocó para mí, por las mañanas. Era tan maravilloso despertarse con esa música que, por muy malo que fuera el día, siempre parecía bonito. Solo tocó dos veces esa canción, una en el entierro de su madre; la otra minutos antes de morir. Siempre recordaré aquella melodía.

Desde entonces ningún día ha sido bonito.



Ithilwen <3

Vuela

Hoy es un día de esos en que solo tengo ganas de llorar y estar a solas. Hoy es uno de esos días raros en que no estoy sonriendo todo el día y alegrándole la vida a los demás. Hoy es uno de esos días en que necesito un hombro en el que sujetarme para no caer al abismo y necesito un abrazo para saber que no estoy sola, porque eso es lo que consiguen los demás con sus mentiras, que me sienta sola en este inmenso océano. Hace mucho que no sonrío de verdad, pero los demás no lo saben, y tú, querida mariposa, vas a guardarme el secreto. Necesito creer que hay cosas que hacen que la vida valga la pena, porque si no temo morir de soledad. Necesito creer que esto pasará y que junto a un nuevo día llegará una nueva alegría, necesito creerlo, pero no puedo hacerlo.

Me gustaría vivir en un mundo en el que tener problemas fuese un 1% de las cosas en las que preocuparse, pero intento creer que estoy donde tengo que estar, que tengo alguna absurda misión en esta mierda de mundo y que tengo que cumplirla para sentirme bien. Dime, ¿sabes tú cuál es tu misión en la vida? ¿Volar siempre? Ojalá fuera esa mi misión, porque quiero volar y alejarme de esas chicas que lo darían todo por conocer a un estúpido famoso que se cree guay y no llega a chachi, de esos chicos que, incluso cuando el balón abultaba más que ellos, jugaban al fútbol hasta caerse del cansancio.

Intento averiguar por qué tú tienes alas y yo no. Intento averiguar por qué el cielo es azul y los árboles son verdes sin tener en cuenta la explicación de esas personas que no saben soñar y creen tener respuestas para todo. Intento construir una máquina del tiempo, pero al igual que el agua él siempre se me escapa de las manos. Intento luchar contra la corriente y no derrumbarme cuando todo se me cae encima, hasta ahora siempre he conseguido sostenerlo pero... Debo de haberme vuelto loca, ¿de verdad le estoy hablando a una mariposa? Anda, vuela e intenta vivir más de dos días. Si lo consigues, vuelve a buscarme, te estaré esperando.

Érase una vez bajo un cerezo...

Le encontré bajo un árbol, un hermoso cerezo en flor que había sido testigo de derroches de besos, caricias y reproches de cientos de parejas rotas.

-¿Qué haces tú aquí? ¿Te ha enviado ella? –susurró cuando se dio cuenta de que estaba detrás de él.

-Ella no tiene nada que ver con esto. He venido por mi cuenta.

-Genial –se giró hacia mí y vi que tenía las mejillas brillantes y húmedas, había estado llorando.

Retrocedí un paso, aquella mirada plagada de lágrimas me asustó, jamás había visto a mi hermano llorar. Por un momento olvidé el motivo por el cual estaba allí.

-Dan, ¿qué te pasa? ¿Por qué lloras?

No contestó, en ese momento recordé que él había dejado a mi mejor amiga, que ella me había pedido que viniese a hablar con él, ya que no contestaba sus llamadas. De hecho llevaba una semana sin aparecer por casa. Me senté a su lado y apoyé la cabeza en su hombro.

-Si fuiste tú el que decidió dejarlo, ¿por qué te lamentas ahora? So…

-Ni se te ocurra decirlo –musitó-.

-…nia. Perdón, ella está fatal, ha intentado cortarse las venas y todo.

Soltó una amarga carcajada mientras una lágrima resbalaba por su mejilla y caía hacia su regazo.

-Lo digo en serio. ¿Por qué lo hiciste? Creía que era lo que más querías en el mundo.

-No lo era.

-¿Entonces por qué salías con ella?

-Es lo que más quiero en el mundo.

-Mira, Daniel, no te entiendo. Primero la dejas, luego no apareces por casa, vengo aquí, te encuentro llorando y me dices que aún quieres a alguien a quien has hecho muchísimo daño. ¿Qué demonios te pasa? Eres mi hermano mayor, se supone que tengo que tomar ejemplo de ti ¿no? –Mis ojos se llenaron de lágrimas al ver que Daniel seguía con la mirada al frente, derramando lágrimas y sin hacerme caso- ¿por qué la dejaste?

Por segunda vez desde que estaba allí me miró, y vi en sus ojos algo que consiguió que mi corazón se encogiera.

-Ana, recuerdas que hace una semana fui al médico por unas pruebas que me hicieron ¿verdad?

Asentí levemente.

-Dan, me estás asustando mucho.

-En esas pruebas me diagnosticaron un tumor en el pulmón.

-¿Van a operarte? Oh Dios mío.

Me miró fijamente y supe que no le iban a operar. Mis ojos se desbordaron.

-Es demasiado tarde –susurró.

No podía ser cierto. Mi hermano no podía morir. Era imposible, debía de ser una broma, si, era una broma de mal gusto de mi hermano, de esas que sólo le hacen gracia a él. Me reí, a carcajada limpia, una carcajada demente.

-Que gracioso eres, Dan. Pero deja ya de bromear, no es justo. En serio, ¿por qué dejaste a Sonia?

-Ana, voy a morirme, no es ninguna broma.

Entonces me di cuenta de que era verdad. Mi hermano iba a morir. Intenté parecer fuerte, pero no podía, quería demasiado a Daniel como para dejarlo pasar. Me abracé a él con todas mis fuerzas, como si de aquella manera pudiera quedarme con él para siempre.

-¿Tiempo? –fue lo único que conseguí articular entre sollozos y lágrimas.

Pasó un brazo por mis hombros y entonces lo vi.

Una piedra afilada llena de sangre.

Abrí los ojos desmesuradamente y me separé de él.

-¡¡NO!! –grité-. ¡¡NO PUEDES HACERNOS ESTO!!

Daniel giró los brazos y pude ver dos marcas rojas en sus muñecas, tenía los dos antebrazos cubiertos de sangre.

-Lo siento, Ana. Dile a mamá y a papá que les quiero.

-¡¡Y YO QUÉ!! –sollocé-. ¿CÓMO HAS PODIDO SER TAN EGOÍSTA? –Entonces me derrumbé, me mareé y tuve que sentarme- No puedes irte, no puedes hacernos esto. No puedes dejarme sola. ¡¡DANIEL!! ¡¡CONTESTAME, MALDITA SEA, DI ALGO!!

No habló. Me arrodillé delante de él y le puse las manos en las mejillas, alcé su cabeza, un peso muerto. Sus ojos estaban vacíos. Se había ido.

Solté un aullido de rabia. Me levanté y di un puñetazo al árbol, me arañé las manos, un puñado de astillas se clavaron en mis dedos, pero no me importaba, eso no era nada comparado con el dolor que sentía en el pecho.

Leí en el árbol una inscripción ensangrentada, un corazón rodeaba dos nombres, Daniel y Sonia.

Cogí la piedra con la que mi hermano se había quitado la vida y vi en el reverso la misma inscripción que en el árbol. Deposité la piedra en la mano de mi hermano y me abracé a él.

Derramando lágrimas al final me quedé dormida.

*  *  *  *  *

Les encontraron bajo un árbol, un hermoso cerezo en flor que había sido testigo de derroches de besos, caricias y reproches de cientos de parejas rotas. Un cerezo que había visto cómo un chico se quitaba la vida y cómo su hermana la perdía para siempre. Un cerezo que desde aquel día no volvió a florecer jamás..

Hasta siempre

Ella te regaló tu primera bicicleta, fue tu primera canguro y siempre estuvo ahí cuando tus padres se iban. Te daba dinero cuando ibas a verla, no mucho, sólo lo que tenía en su monedero y lo que le permitía su escasa pensión pero sólo por eso querías ir a su casa. Te compraba chucherías, te daba caramelos y desobedecía a todo lo que le decía tu madre sólo para ganarse tu cariño, porque para las abuelas los nietos son lo más importante de su vida, tal vez sólo superados por los hijos.

Cuando le pedías que te leyese un cuento antes de irte a dormir y ella te respondía que no sabía leer te enfurruñabas y te dormías sin darle un beso de buenas noches, sin saber que tal vez al día siguiente no volvieras a verla. Lo que ella más deseaba era que tú cogieses el libro y le leyeses el cuento de la cenicienta, porque ella jamás lo leyó.

¿Y quién te cuidaba cuando te ponías malo y tus padres se iban a trabajar? Para ti eran los potingues asquerosos y raros de tu abuela, pero ¿verdad que siempre hacían efecto? Nunca se lo agradeciste.

Cuando las chucherías ya no te emocionaban tanto, te diste cuenta de que sus caramelos estaban duros y el poco dinero que ella podía darte no era suficiente, dejaste de querer ir a su casa, pero ella seguía queriéndote como entonces. Cuando te diste cuenta de que estaba sola y que todo el mundo la trataba como a un trozo de pared en el suelo fue demasiado tarde. Pero ella nunca dejó de quererte, ni siquiera cuando le hablabas mal o cuando estabas harto de que se metiese en tu vida porque no la entendía.

Ella lloraba en silencio y a solas, porque siempre estaba sola, pero tú la veías como a una vieja viuda y anticuada. Ella siempre te vio como lo más bonito del mundo entero. Pensabas que era una pesada porque siempre estaba dándote besos y pellizcándote los mofletes, pero no sabías que era porque no quería olvidarte nunca cuando se fuese, porque tenía poco tiempo y porque nunca pensó que llegaría a tu comunión. Lo que más deseaba era poder llegar a verte en tu boda, pero se fue mucho antes de eso, justo cuando tú te diste cuenta de que no ha vivido en tu época, que ella jamás tuvo una abuela que le comprase chucherías y que le diese todos sus caprichos, que empezó a trabajar a una edad en la que tú ni siquiera sabías lo que significaba trabajar, cuando te diste cuenta que ha vivido una guerra y que ahora mismo podías no estar en este mundo.

Ella te quería muchísimo y tú se lo pagabas escabulléndote de ella cuando podías, intentando no ir al hospital cuando estuvo ingresada. No dándole lo que más quería, verte por última vez antes de irse.

Y ahora ya es demasiado tarde. Ya no está, se ha ido y jamás volverá.

Ithilwen <3