Perseide.


Siempre me gustaba hablarte de El Principito aunque sabía que no lo habías leído; aquellas noches robadas al tiempo solía decirte (aunque no lo entendieras) que desde que te conocí tenía otra sonrisa que buscar entre las estrellas y que siempre he pensado que éstas brillan para que cada uno pueda encontrar la suya algún día. Recuerdo como si acabara de suceder el momento en el que te dije aquello, fue mi respuesta a tu "¿por qué yo, por qué me quieres?" Es una de esas preguntas que jamás deberían ser formuladas, y mucho menos contestadas. Pero lo hice. Dibujé un estúpido corazón en el cristal empañado del coche y te solté aquello. Creía que tú eras mi estrella. Y lo fuiste, fuiste mi estrella fugaz, una Perseide a la cual se pide un deseo, en la que vuelcas toda tu esperanza, que te ilumina la mirada brevemente para desaparecer y volver a sumirte en la más rotunda oscuridad. Supongo que el deseo que pides no puede ser que esa estrella se quede ahí siempre, flotando, creciendo con latidos y momentos, iluminando tus noches y tus días. Supongo que nunca leí la letra pequeña. Nunca debí pedirte que te quedaras.

Hablamos también muchas veces sobre las puestas de sol. No sé si recuerdas que aún me debes una en tu sitio mágico. Me debes tantas cosas, tantas promesas que convertir en olvidos, tantas costuras deshilachadas... Aquel invierno yo también te prometí dos cosas que no llegué a cumplir: que no volvería a hacerme daño y que no te volvería a mentir. La primera la rompí al intentar que permanecieras a mi lado, la segunda, al decir que jamás me había sentado a ver una puesta de sol. Creo que tampoco te dije que en ese pequeño libro está la explicación. Siempre me has dicho que para ti sería la chica perfecta si no fuera tan pesimista, cuando te dije que "a veces las chicas tristes tenemos suerte" me respondiste que si de verdad pensaba eso, estabas tomando la decisión adecuada alejándote de mí. Aún me pregunto por qué tardaste tanto en hacerlo si estabas deseándola deseándolo.

Una de las primeras preguntas que me hiciste fue si prefería el atardecer o el amanecer. Para mí era evidente la respuesta. He visto muchas puestas de sol, aunque no sé si llegan a las cuarenta y tres que vio el Principito. ¿Sabes qué es lo más bonito de todo? Que contigo siempre preferí los amaneceres. Desde el primero que me regalaste hasta el último, ese que ya no me pertenecía a mí. 

Pero a ti siempre te pertenecerá ese deseo, siempre serás una de las sonrisas que busque en el cielo, ocupando el lugar de la segunda estrella a la derecha, igual que yo siempre guardaré esa luz que reflejaste en mí. Aunque desaparezcas. Aunque el cielo se vuelva más negro que nunca. Porque si algo he aprendido de verdad es que la noche siempre, siempre, es más oscura justo antes del amanecer.

A Lizzy.


Creo que sé cómo te sientes. ¿Sabes lo que es ver a esa persona y morirte de ganas de besar cada centímetro de su piel? ¿Escuchar su voz  y que la tuya se quiebre? Qué cosas tengo, pues claro que lo sabes.

Llevo tiempo enamorado de esa chica, de cómo suspira cuando acaricia su libro favorito, de cómo las miradas huyen de sus ojos de caramelo al hablar de quien robó sus sonrisas. Empezó así, por él, porque ella necesitaba a alguien cuando se quedó sin paraguas y las lágrimas comenzaron a mojar su corazón. Y casualmente yo estaba allí. Y me acabé enamorando. O eso creo. Estar enamorado es algo muy fuerte, pero creo que... no lo sé. Quizá sólo tengo miedo de la soledad, de mí mismo, de los monstruos que viven bajo mis párpados.

¿Sabes lo que es quedarte embobada cada vez que se dirige a ti, no querer hablar por miedo a que se te escape lo mucho que te encantaría acariciar su pelo y que piense que eres demasiado tímida o que no tienes nada interesante que decir? ¿Sabes lo que es tener la sensación de que nunca serás lo suficientemente bueno para esa persona? ¿De que, pase lo que pase, siempre será culpa tuya? Por haberte enamorado, por haberlo intentado, porque en algún momento te asustarás y saldrás corriendo y tal vez esa persona no vaya a buscarte. Porque la vida no es una canción de Taylor Swift. Soy de los pocos que sabe que esas mierdas nunca duran para siempre, que todo tiene un principio y un final que puede alargarse más o menos. "En mi generación el para siempre es casi y en nada se quedó". 

No soy cobarde. Me gusta iniciar las conversaciones, hablar con ella es maravilloso, aunque siempre acabe sonriéndole a la pantalla, si me permites que te robe las palabras. Todos los cafés que hemos tomado al abrigo de nuestra canción... somos amigos, y eso ya es algo. Un algo demasiado grande, un algo que pesa demasiado. La friendzone es un lugar demasiado frío, demasiado oscuro, demasiado asfixiante. ¿Qué hago, Lizzy? No podría soportar perder esos momentos con ella, pero tampoco puedo soportar las ganas de descubrir a qué saben sus labios. Por otro lado no creo que ella quisiera a alguien como yo en su vida de ese modo. Tiene en ella a personas un millón de veces mejores que yo, ¿por qué habría de elegirme a mí?

¿Sabes? He tardado unos cuantos años en darme cuenta, pero en este mundo sólo salen ganando los que van arrasando sin mirar a su alrededor. ¿Qué puedes perder? Stalkear a alguien tiene sus cosas buenas, por lo menos sabes por dónde empezar a buscar cosas en común. O dile a él lo guay que es su camiseta, lo bien que le queda ese nuevo peinado o si las playeras que lleva son nuevas. Pensarás que es cosa de chicas, pero a nosotros también nos hace ilusión escuchar ese tipo de cosas de alguien especial. Nunca se sabe, lo que sí es seguro es que el surrealismo siempre necesita una realidad que negar.

Si siempre te quedas sin tarta, empieza a cocinarla tú. 

Time to be alive.

Fui al concierto de casualidad.

Era verano y aquella noche la luna me sonreía sin yo saberlo. "30 Seconds to Mars vienen a Madrid en octubre", me dijo mi hermana de madrugada. No me entusiasmé porque para mí era un grupo de los que escuchas únicamente cuando te apetece algo movidito, para pasar el rato. "He comprado las entradas", añadió. No me lo quería creer; era de madrugada y pensé que eran efectos del insomnio que gusta de mi compañía en las noches estivales, pero no era así. Era real: iba a ir al concierto de 30 seconds to Mars el 30 de octubre.

Pasaron los días y la emoción me llevó a escuchar sus discos a diario, a todas horas, en todo momento. Las melodías se clavaban en mi alma y las letras en mi corazón. Canciones que hablaban de guerra, de decadencia, de esperanza, de lujuria, de amor, de ciudades construidas con fe y luces, canciones que me instaban a luchar con uñas y dientes por mis sueños, por ser quien yo quiero ser. Me fui acostumbrando a la voz de Jared Leto, esa voz que desgarraba todos mis miedos y los convertía en éxtasis, fui dejando que los ritmos de Shannon y Tomo marcaran las cadencias de mi corazón. Ese grupo del que sólo escuchaba canciones que eran pura energía se convirtió en ese grupo que modeló mi amargura y le confirió forma triangular. Y entonces llegó el día, el concierto. Iba a ver en directo a aquellos que me habían hecho sobrevivir otro verano más.

Las luces mueren, los gritos nacen, la emoción hace hervir mi sangre helada por las horas de espera. Tambores. Esa voz. Dejé de existir durante dos horas. Me convertí en puro éxtasis, en lágrimas cuando cantaron la canción que les abrió las frágiles puertas de mi memoria. Me deshice cuando las cuerdas de la guitarra desataron las notas de la canción que escuché gracias a mi persona favorita, la que me asegura que jamás olvidaré y jamás me arrepentiré. Vibro cuando nos colocamos al borde del precipicio, cuando viajamos a una ciudad habitada por ángeles, cuando nos instan a hacer o morir, a estar vivos. Floto como el confeti, en el aire.

Fin.

Vuelvo a ser un cuerpo, me hallo en plena caída libre, pero me siento viva, porque soy todo eso: soy el amor, la lujuria, la fe, los sueños, la guerra, las mentiras; soy los treinta segundos que se tarda en alcanzar la gloria. 

Por primera vez en muchos meses me permito llorar de verdad, con lágrimas trémulas que en su caída arden, hielan, muerden y curan. Siento de nuevo la vida corriendo por mis venas, y sé que permanecerá ahí al menos durante algún tiempo. El suficiente.

Podría haber sido otro grupo, pero fue ese. Siempre será ese.

Fue la música la que, una vez más, me dio un motivo para alegrarme de estar viva.

Time to be alive, time to do or die.

Sé que no procede.


Sé que esto aquí no procede. Este es un blog de relatos, un espacio para dejar volar la imaginación... pero es que mi imaginación ya no puede ignorar durante más tiempo el muro casi infranqueable que se alza ante ella: la realidad la ha cogido como rehén y se niega a soltarla.

Yo soy buena por naturaleza, como diría el amigo Rousseau, tonta para los que se han empapado de esta nuestra sociedad, imbécil para los que, además, han perdido el respeto. Soy una persona, pienso (e incluso existo... o eso creo) y me doy cuenta de las cosas aunque parezca que no, pero es que además, para bien o para mal, tengo sentimientos (y un lado predominantemente empirista y emotivista, qué se le va a hacer) y el castaño oscuro quedó atrás hace tiempo.

El pasado viernes tuvo lugar la pre Blogger Lit Con, jornada de calentamiento de motores para la gran quedada literaria que tendría lugar al día siguiente en el parque de El Retiro en Madrid, y mi monedero contenía montones de ilusión, felicidad y el dinero justo para el transporte, la cena y un libro. Me disponía a sacar de la máquina el billete de tren (que para mi sorpresa estaba más caro de lo que pensaba) cuando un señor se acercó a mí para venderme su billete por el mismo precio. Temiendo que fuera un timo (no sería la primera vez) rechacé su oferta educadamente, tras lo cual se quedó en silencio por un momento y cuando introduje el dinero en la máquina me dijo: "¿y no podría usted darme aún así algo de chatarrilla para comer?". No llevaba suelto, pero cogí el cambio de la máquina y se lo di sin pensarlo dos veces. "¿Tienes 21 años?", preguntó. "No, 18", mentí. "Tengo yo una hija de 21 años que tuvo que salirse de la universidad porque no podíamos pagarle la matrícula, y a mí con mi edad ya no me cogen en ningún lado. Muchas gracias, de verdad". Le miré a los ojos y me bajé al andén. 

Yo soy muy de darle cien mil vueltas a todo, defectos de fábrica que tiene una, y algo así no podía pasarle desapercibido a mi caótica cabecita. Decía al principio que soy buena por naturaleza, mi forma de ser me insta a ver siempre lo bueno en los demás y lo malo en mí misma, pero hay veces que por los resquicios de mi alma rota se cuela una brizna del aire podrido que respira nuestra sociedad; es entonces cuando los seres humanos se convierten en lobos y a mi conciencia ya no le habla Rousseau sino Hobbes. Ese fue uno de esos momentos. Ahí, minutos después, me paré a pensar que quizá no debería haberle dado el dinero. ¿Y si era mentira? ¿Y si en realidad era una excusa y no tenía ni hija ni problemas laborales? En realidad esto da igual, si era mentira él era un buen actor y yo una buena idiota, pero eso no quita el hecho de que conlleva un gran esfuerzo despojarte de la dignidad y sobre todo del orgullo para mirar a la cara a alguien y pedirle dinero obligado por tu miserable situación, valerte de la esperanza y el altruismo de los demás para dar de comer a tu familia, porque mal que nos pese un plato de ideales aderezados con una pizca de compasión puede llenar el alma y la conciencia, pero el estómago requiere más bien una sopa caliente y algo de pan.

Con esto de la crisis es prácticamente imposible viajar en transporte público y que no haya alguien pidiendo limosna, personas que dependen de la cada vez más escasa caridad de la gente; muchas veces incluso te encuentras varios en la misma estación, en la sala de espera del hospital o, por supuesto, en la calle, por poner ejemplos recientes de propia experiencia. Mi primer impulso es siempre dar alguna monedilla si me piden dinero aunque, como aquel día, tuviera que renunciar a comprarme el libro (sí, al final entre el encarecimiento del billete y mi buena obra no me llegó el dinero), porque creo que es mucho más importante que alguien coma a que yo me compre un libro que acabará cogiendo polvo en la estantería. Y sin embargo hay dos peros: en primer lugar yo no soy una máquina de hacer dinero y en mi casa las cosas tampoco están muy allá, así que, aunque quisiera, no podría dar dinero a todo el que pide. En segundo lugar considero que esa no es ni de lejos la solución a la situación. Sí, muy bien, podemos ayudar a una persona a que coma ese día, que cene, quizá. ¿Pero acaso contribuye eso a que encuentre trabajo? Veinte céntimos, quizá cincuenta si están de buen humor... ¿un euro o dos van a dejar de hacer que los ricos sean cada vez más ricos y los pobres aún más pobres? ¿Van a eliminar los conceptos desigualitarios "rico" y "pobre"? Que vivan las preguntas retóricas. Podríamos decir que dar limosna a largo plazo es algo verdaderamente inútil porque no son precisamente los pudientes los que la dan y al fin y al cabo es una forma de homogeneizar la pobreza mientras la riqueza sigue ahí, inalcanzable y estancada en una nube. Es una verdadera pena que todos, perdón (mi lado empirista me pide que no generalice), la gran mayoría de los que tienen dos dedos de... diré conciencia (creo que el adjetivo "social" se sobreentiende) por ser políticamente correcta, no tengan los medios para dar la vuelta a las cosas, y que los que poseen los medios carezcan de conciencia. 

Espera, espera, espera. ¿Cómo es eso último? Yo te cuento cómo están las cosas (aunque seguramente ya lo sabrías) y ahí te comas tú el marrón, yo me lavo las manos y tú te buscas la vida, ¿no? ¿Disculpa? ¿Cómo que los que tienen conciencia no tienen medios? Si me permitís el inciso citaré a Aristóteles: "Sólo el hombre, entre los animales, pose la palabra. [...] La palabra existe para manifestar lo conveniente y/o dañino, así como lo justo y lo injusto. Y esto es lo propio de los humanos frente a los demás animales: poseer, de modo exclusivo, el sentido de lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto." Conclusión: somos humanos y tenemos el don de la palabra y aún así somos animales, por ello también tenemos voz. ¿Y por qué no hacemos uso de ellas? ¿Por qué no gritamos y hacemos ver a todos lo injusta que es esta situación? Dejad de decir que no podemos hacer nada para cambiar las cosas, porque así sí que no se conseguirá nunca nada, y saber de las injusticias y no hacer nada por solventarlas es casi peor que ignorarlas. "El miedo hiere más que las espadas", pero las palabras pueden llegar a ser un arma aún más poderosa que el miedo. 

Ah, no, los balidos de ovejas no sirven, y de una oveja sola menos (y de una que vive en el sofá viendo a personas encerradas en una casa como ovejas en un redil y lo llaman reality show aún menos). Vivimos en una sociedad que fomenta que seamos individualistas y comodones: primero yo y los demás me dan igual, si hay que moverse paso, etc. ¿y de qué nos sirve eso?  Si hay algo que adore más que algo sin final es el fin de las cosas en sí mismo, ¿pero qué sentido tiene algo que no nos reporta ningún beneficio, es decir, no nos es útil? (Pues sí, resulta que además de empirista y emotivista también soy un poquito utilitarista; Hume estaría orgulloso de mí, lo tengo todo papi) Así pues, y considerando que vivir en sociedad le es más útil al ser humano que la soledad y el individualismo, ¿no deberíamos luchar todos juntos por una sociedad justa e igualitaria en la que merezca la pena vivir? En definitiva, basta ya de mirarse el ombligo, sacarse la roña y tirársela al de al lado; basta ya de quejarse desde el mullido y cómodo sofá: hacer hashtags no servirá de nada si no se pone en práctica lo que se defiende. Merece la pena intentar abrir las ventalas y ventilar esta sociedad que respira un aire podrido y mugriento. 

Me dejo muchas cosas en el tintero, pero tampoco quiero alargarme más y hacer esto eterno. Escribo esto desde mi infinita ignorancia con el mero objetivo de expresar mi punto de vista y mis pensamientos en un momento de procrastinación, porque sí, debería estar estudiando literatura, pero creo que a largo plazo esto podría (o debería) ser un poquito más útil.

PD: os recomiendo un par de vídeos muy buenos de dos grandes de youtube: uno de Lou y otro de Melo.

Ella.






Sueñas. Temes. Gritas. Lloras.
Te clavas agujas si le añoras;
no sientes nada, eres cristal
y silencio, vacío de metal.
Sufres. Te rindes. Huyes. Mueres.







Duerme, como la ciudad que se alza bajo sus pies, tan oscura como sus cabellos. Los suspiros se escapan de sus labios con el ritmo de un corazón que late al tiempo que las estrellas se apagan en el cielo, con la misma melancolía que un verso extraña la mano del poeta que lo abandonó a su muerte en un sueño que jamás llegó a hacerse realidad.

Sueña, como miles de transeúntes que atraviesan las calles de una ciudad tan gris como los edificios que se clavan en el corazón de las nubes. Una página en blanco descansa junto a ella, gritando al viento de otros mundos que la lleven lejos de allí, que la arrastren a una realidad donde sólo exista el vacío que la llena... vacío que se extiende por los entresijos de una mente cargada de dolor. 

Duele, como saber que no hay palabra que la pueda apartar del recuerdo de la nada que un día llenó el vacío que oprime su corazón, como la certeza de que algún día la nostalgia reemplazará a los astros en el cielo y acabará mirando olvidos en lugar de estrellas. Los silencios se arremolinan tratando de borrar las marcas que tantos pensamientos dejaron en su piel y que tantas lágrimas han acabado por ahogar. 

Muere, como cada idea que surcó el mar de dolor en el que se reflejó su mirada cargada de esperanza; olas de sufrimiento que abatieron la compasión y la ternura que habitaban en esos labios que tantos versos robaron a poetas descuidados. Su corazón sigue lanzando dardos envenenados a las estrellas y, al caer, se clavan en ella como tu mirada de cristal, acabando con el último suspiro que quedaba por morir.

Sal con una chica que lea.



"Sal con una chica que lea. Sal con una chica que se gaste el dinero en libros en vez de en ropa, 
que tenga problemas de espacio en el armario porque tiene demasiados libros. Sal con una chica que tenga una lista de libros que quiere leer y carné de la biblioteca desde los doce años.

Encuentra una chica que lea. Sabrás que es una ávida lectora porque siempre llevará un libro a medias en el bolso y mirará con amor las estanterías de la librería. Será la que grita en silencio cuando encuentra el libro que quería. ¿Ves a esa chica tan extraña que huele las páginas de los libros viejos en una librería de segunda mano? Esa es la lectora. Esa es la que nunca se puede resistir a oler las páginas de un libro, especialmente si están amarillentas.

Es la chica que lee mientras está esperando en la cafetería del final de la calle. Si echas un vistazo a su taza, verás que la crema del café está flotando en la superficie porque está absorta en la lectura, perdida en un mundo que el autor ha creado. Siéntate. Probablemente te mire indignada, pues como la mayoría de las chicas que leen no le gusta ser interrumpida. Pregúntale si le está gustando el libro que tiene entre las manos. 
Invítala a otra taza de café.

[...] Es sencillo salir con una chica que lee. Regálale libros por su cumpleaños, por Navidad y por los aniversarios. Dale el regalo de las palabras, regálale una poesía o una canción. Regálale a Neruda, a Pound, a Sexton, a Cummings. Hazle saber que entiendes que las palabras son amor. Entiende que ella es consciente de la diferencia entre los libros y la realidad, pero que aún así va a intentar hacer su vida un poco como su libro favorito. Nunca será tu culpa si lo hace. De alguna manera tiene que intentarlo.

Miéntele. Si entiende de sintaxis, entenderá que necesitas mentir. Tras las palabras hay otras cosas: motivaciones, valores, matices, diálogos...; no va a ser el fin del mundo. Fállale. Porque una chica que lee libros sabe que el fracaso siempre lleva hasta el clímax. Porque ellas entienden que todas esas cosas tendrán un final y que siempre puedes escribir una secuela, y que puedes empezar otra vez, y otra y seguir siendo el héroe, que la vida está destinada a tener un villano o dos.

¿Por qué estar asustado de todo lo que no eres? Las chicas que leen entienden que esa gente, como los personajes, evolucionan (excepto en la saga Crepúsculo).

Si encuentras una chica que lea, mantenla cerca. Cuando la encuentres a las dos de la mañana sosteniendo un libro contra su pecho y llorando, hazle una taza de té y abrázala. Puedes perderla por unas cuantas horas, pero siempre volverá a ti. Hablará como si los personajes del libro fuesen reales, porque durante un rato, siempre lo son.

Te declararás en un globo aerostático, o durante un concierto de rock, o quizá formularás la pregunta por absoluta casualidad la próxima vez que enferme; puede que hasta sea por Skype. Y sonreirás con tantas ganas que te preguntarás por qué tu corazón no ha explotado y la sangre no está corriendo ya por tu pecho. Escribirás la historia de vuestras vidas, tendréis hijos con nombres extraños y gustos aún más extraños. Ella les presentará a vuestros niños al Gato Garabato y a Aslan, quizá el mismo día. Pasaréis los inviernos de vuestra vejez juntos y ella recitará a Keats en voz baja mientras tú te sacudes la nieve de las botas.

Sal con una chica que lea, porque te lo mereces. Te mereces una chica que pueda darte la vida más colorida imaginable. Si sólo puedes darle monotonía, horas aburridas y compromisos a medias, entonces estás mejor solo. Si quieres el mundo y los mundos que hay más allá, sal con una chica que lea.

O mejor aún, con una que escriba."

Rosemary Urquico (adaptación).

Del cielo una lágrima a sus ojos llueve.

Fuera llovía, al igual que en los ojos de aquella joven que observaba el mundo a través de la ventana. El cielo era del mismo gris que su existencia y las gotas se aferraban al cristal con la misma desgana que ella a la vida.

Nunca había sido una chica de muchas palabras. Vivía a través de los personajes de sus libros y eso era todo lo que necesitaba para ser feliz… pero entonces se dio cuenta de que no era así. Soñar ya no era suficiente. Observar la realidad desde el exterior ya no era una opción. Ser invisible no era el camino.

Había pasado tanto tiempo huyendo de los rayos de alegría que daban color a su vida que ya no recordaba lo que era sentirse querida, tener un motivo para sonreír cada mañana, cada noche, a todas horas; que los días no fueran un lastre, sino un aliciente. Y realmente quería que todo ello cambiara. Quería descubrir el sentido de la amistad, no tener que esconderse nunca más, eliminar de su vida el miedo a equivocarse, hacer realidad sus sueños. Amar, reír, sentir, vivir, llorar, reír más fuerte aún. Dejar de ser una marginada para volar tan lejos como le permitiera el cielo.

Y supo que era posible cuando recordó cada sonrisa, cada palabra amable y cada mirada llena de ternura que había recibido de aquellos que sabían que estaba ahí cuando era invisible.

Las gotas se aferraban al cristal con la fuerza que la ataba a ella a la vida, y el cielo era de un azul tan vivo como sus ganas de pasar página. Fuera llovía, pero en sus ojos se había disipado la tormenta y, después de mucho tiempo, volvió a salir el sol.

Poesía eres tú.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche. Escribir, por ejemplo: “Del cielo un grito a sus ojos llueve”. Puedo narrar las aventuras de un Hidalgo cuerdo como las estrellas, o contar las hazañas de un héroe que tuvo que dejar su familia y su tierra por un desgraciado error, mas hoy quiero hablarles de la historia de amor más bella nacida en el seno del planeta. No es aquella historia en la que el amor acaba muriendo a manos del odio y se lleva por medio a dos jóvenes con la vida en los labios. No. Se trata de un amor puro, sin odio ni lamentos. 

Dicen que ocurrió hace bastantes años, en una época que ya nadie vive para recordar. En una ciudad de cuyo nombre no quiero acordarme nació y creció un niño que supo hacer del dolor y la soledad sus amigos y del amor y los sueños su filosofía. Fue conocido en vida por lo que muchos olvidarían a su muerte, mas nadie sabe de su hermoso secreto, de su verdadera historia de amor. 

Era una noche tan oscura como la mirada de la luna y tan cálida como los sueños del sol. Aquel joven volaba por entre las ánimas rescatando y cosiendo recuerdos con un hilo de imaginación. Con su mente perdida por el reino de los sueños vio cómo se acercaba a él una hermosa dama, con el pelo y los ojos del color de un verso y la piel de un lienzo. En cuanto fijó la mirada en sus ojos ella se desvaneció. Fue tan fugaz que el joven creyó haberlo imaginado, mas aquel recuerdo hizo que todo cambiara, que las noches se iluminaran, que el día se oscureciera. Más aún cuando se dio cuenta de que su fémina llegaba y se marchaba con la luna. No había forma de llegar hasta ella, pero pronto se dio cuenta de que la figura tardaba más tiempo en desaparecer. 

Una noche decidió ir a hablar con ella, preguntarle el secreto de su belleza, de su hermosura, mas cuando abrió la boca, ella volvió a desvanecerse. Así pues, con el propósito inquebrantable de hacerle llegar a aquella dama sus palabras de amor, cogió un papel y, con una pluma y tinta del color de los ojos y los cabellos de su amada escribió una tímida poesía. Cuando se giró, dispuesto a recitársela, se encontró con ella de frente. Leyó en su mirada el mismo poema que acababa de escribir, aunque en sus ojos era infinitamente más hermoso. El poeta alargó la mano, dispuesto a acariciar la porcelana de su piel, mas ella huyó asustada como un cervatillo. Así pues el joven dedicó las noches a buscar a aquella dama, a escribirle poemas y leyendas, a tentar a la suerte anhelando lo imposible. Todas las noches era igual. En cuanto levantaba la pluma del pergamino, su rostro de ángel aparecía en el cuarto lúgubre, mas el poeta no podía hacer más que contemplarla si no quería que huyese. 

Pasaron los años, tiempo en que el poeta conoció a muchas mujeres, pero ninguna tan hermosa como aquella. Todas las noches la buscaba en una rima, en una poesía, y ella a veces hacía gala de su presencia y a veces no. Se dio cuenta entonces de que aquello que sentía era amor, un amor profundo y rayano en la obsesión, en la locura, mas un amor que le colmaba de felicidad. Comenzó a leer uno de sus poemas en voz alta, leyó los primeros versos y se perdió tanto en aquellas letras que no se dio cuenta de que otros labios finalizaban con infinita ternura la rima. 

-Yo soy un sueño, un imposible, 
Vano fantasma de niebla y luz; 
Soy incorpórea, soy intangible; 
No puedo amarte. 

-¡Oh, ven; ven tú! 

El poeta sintió el aliento de su amada en la nuca y, por primera vez, el roce de su piel. Era fría y cálida al mismo tiempo, tan suave como rozar un suspiro. Se giró lentamente, con temor a asustarla, y quedó frente a aquellos dos versos con nombre propio. 

-Al fin –dijo ella en un suspiro. Sus palabras eran tan dulces que la miel se tornaba hiel en comparación. 

-Llevo años buscándote entre las palabras –susurró el poeta-. ¿Dónde estabas? ¿Conoceré algún día el nombre de la dama que ha robado mi pasado y tiene secuestrado a mi futuro? 

-Algunos me llaman Poesía, pero bien es cierto que hace un suspiro me llamaron Erato. Tanto da. Soy un sueño, como bien has descrito en tu poema. Un imposible. Regente del reino de Más Allá de las Palabras. Una casualidad hizo que me encontrara contigo, mas el amor y la dicha que de él emana me han traído a la vida. Ahora mi alma te pertenece, poeta; a partir de este momento estaré contigo para siempre. 

Y así todas las noches el poeta se refugiaba en la luz de las velas y escribía versos para su musa, para su amada. Por una mirada, un mundo; por una sonrisa, un cielo; y por un beso, una poesía. Así hasta que, poco después, el poeta enfermó gravemente. En su lecho de muerte se atrevió a hacerle a su amada una pregunta que llevaba años preguntándose, desde que aquella noche de verano en su ciudad natal la viera por primera vez. 

-Amada mía, ¿ha sido acaso todo esto un sueño? Cierto es que nunca creí que sería tan feliz como lo fui a tu lado. Ha de ser un sueño o locura. 

Ella rio y contestó: 

-¿No es verdad, ángel de amor, que toda la vida es sueño y los sueños, sueños son? 

El poeta murió poco después, y la Poesía hubo de buscarse otro amante. Y ocurrió lo mismo con él, y con todos los que le siguieron. 

Y es que, al fin y al cabo, mientras sentirse puedan en un beso dos almas confundidas, habrá Poesía.

Tú nunca puedes dudar.

Y nunca te equivocaste,
más que una vez, una noche
que te encaprichó una sombra
-la única que te ha gustado-.
Una sombra parecía.
Y la quisiste abrazar.
Y era yo.

"La voz a ti debida"
Pedro Salinas.

Recordar que por un momento fuimos infinitos.


Nunca creí que en una semana se pudieran cumplir tantos sueños. De hecho nunca pensé que una semana diera para mucho, y sin embargo me equivocaba: una semana es suficiente para crear y afianzar amistades, eliminar de nuestra vida aquello que nos perjudica o que simplemente no nos beneficia; para caminar por el inifinito y vivir en el límite de lo imposible. Reír, llorar, tal vez enfadarse. Llegamos con las manos vacías y nos vamos con la vida rebosando por ellas.
Ahora tenemos las dos caras de la moneda en la memoria, pero a la larga los buenos momentos prevalecerán sobre los malos. Y eso es lo que importa.
Sólo falta recuperar las horas de sueño que nos han robado el mar y las estrellas y esperar a que las aguas no vuelvan a su cauce. Cerrar los ojos e imaginar que seguimos a bordo, recordar que fuimos infinitos durante un tiempo. Y es que si el mundo se hubiera derrumbado mientras nosotros estábamos en tierra de nadie no me hubiera importado: al fin y al cabo estaba con todos ellos. Una persona no es sólo su sonrisa, y en esta semana he descubierto lo que hay detrás de todo ello, como las ruinas de una ciudad que acompañó un pequeño momento de este viaje.
Lo que ocurrió en Italia se queda en Italia... ¿cómo? No. Me niego. Lo que ocurrió en altamar quedará siempre en nuestra memoria, porque nuestras huellas dactilares no se borran de las vidas que tocamos. Los recuerdos siempre estarán allí esperando a que tengamos un huequito en nuestra agenda para pasear de nuevo entre ellos. 
A pesar de todo ha merecido la pena, ¿verdad, familia?

Enough.

Cuando ves derrumbarse a la persona más fuerte que conocías todo pierde el poco sentido que tenía.
La impotencia te consume, te disuelve, te hace trizas y las esparce por el mar.
¿O es la responsabilidad?
Sientes que todo lo que conocías hasta ese momento era una mentira, y, de hecho, así era.
Y entonces sólo deseas que todo vuelva a la normalidad.
Te permites ser egoísta por un momento.
Deseas que borre las lágrimas de sus ojos y que el color vuelva a sus mejillas.
Porque ella es el muro que te sostiene, la única que te mantiene cuerda en este mundo de locura.
Pero aún así no puedes evitar sentir rabia porque sabes que es injusto.
Nadie lo merece, y ella menos que nadie.

Remember me.

Nuestras huellas dactilares no se borran de las vidas que tocamos.

¿Empezar de cero o caminar por el infinito?

Todo falla, necesito aire fresco. Y sin embargo me da pena derribar los muros que sostienen esta casa y empezarla desde los cimientos. Es tan bonita... O eso es lo que aparenta la fachada de piedra con flores en las ventanas de madera. Pero los postigos están siempre cerrados y nadie sabe que el interior está podrido. No lo ven. No pueden. No quieren. Prejuicios. 

¿Y yo qué hago? ¿Dejo que sigan pensando que la casa es hermosa o abro las ventanas para que la luz del día muestre la podredumbre? 

Debería irme, dejar todo atrás. Rehacer mi vida lejos de los que piensan que soy perfecta y esperar a que haya alguien que se digne a limpiar el interior, a tirar los desechos y a llenar de alegría, jovialidad y jarrones de flores a esta casa que se ha perdido a sí misma. Mas el orgullo no me permite hacerlo. 

Sé que el infinito existe, y estoy dispuesta a llegar hasta él.

You'll be queen one day.

Serás reina algún día. Se escribirán leyendas sobre ti. La luna te envidiará y las estrellas se reunirán en los rincones para cuchichear sobre tus ojos, esa antítesis de fuego y hielo, esos pozos en los que podría morir ahogado felizmente.

¿Sabes, princesa? Te espera una vida muy dura. Tendrás que aprender a desconfiar, a matar, incluso a morir. Ocultarás la soledad bajo una máscara de dignidad helada, tendrás suerte si consigues amar a alguien. Tenlo en cuenta, una vez aceptes no podrás escapar de esa vida de desdichada gloria. 

Yo te estaré esperando cuando vuelvas: el príncipe azul de tu cuento de hadas, pero no me reconocerás, no te acordarás de mí. Seré una sombra, un recuerdo, un sueño.

Duerme, pequeña, los libros de Historia aguardan.

A bird without feathers.

Deja de pensar que cuando se abra la jaula el pájaro se quedará allí, sin moverse, porque no lo hará. Echará a volar, como es natural. No intentes atarle a una vida que no quiere porque solo conseguirás que te acabe odiando.
Y tú no quieres que te odie ¿verdad?

Y en días como este...

Las luces parpadeantes se reflejan en los ojos de Mary con la esperanza de un año mejor. De hecho, piensa ella mirando al vacío, cualquier año será mejor que este.

Los recuerdos se agolpan en sus ojos cual lágrimas con ansia de ser derramadas. Recuerdos de tiempos pasados, de navidades mejores, navidades con su familia.

El aire se escapa de sus pulmones en forma de suspiro y una lágrima valiente recorre su pálida piel hasta estamparse en su jersey. Los recuerdos son más fuertes que ella. Piensa en su abuela, que ya no está. Piensa en sus tíos y primos, que se han ido alejando cada vez más. Piensa en ella misma, en su yo pasado, esa niña tan alegre cuyo espíritu navideño podría haber sonreír a aquel monstruo verde que quiso arruinar la Navidad. 

-¿Dónde está esa niña, Mary? -dice una voz en su cabeza-. ¿Adónde ha ido?

"No lo sé".

-Sí lo sabes. Sigue aquí, solo que tú no quieres que vea la luz. Podrías hacerlo si quisieras, lo único que tienes que hacer es coger el teléfono y rellenar ese vacío que os separa. 

-Mentira. El vacío es demasiado grande -dice al fin en voz alta, con lágrimas surcando sus mejillas-. Es insalvable. Esa niña murió junto con el último invierno, con el último latido de su corazón. Deberías saberlo, estabas allí.

-En ese momento estaba poniendo a salvo a esa niña, me convertí en su custodia. ¿Sabes? Nadie mejor que yo sabe que tú no tienes la culpa de nada, pero está en tu mano decidir si quieres que todo vuelva a ser como antes o dejar las cosas como están. Piensa en qué habrías hecho hace dos años, piensa si merece la pena.

La voz se desvaneció y Mary volvió a estar sola en aquella habitación. Las luces seguían parpadeando, pero esta vez no con esperanza, sino con la certeza de que aquel año sería mejor. Y no volvió a pensar en los años anteriores. Pasó página y empezó a construir navidades llenas de alegría y felicidad. 

Aunque el dolor siempre estaría allí para atormentarla de vez en cuando.

Forrest Gump.

Mi mamá dice que la vida es como una caja de bombones, nunca sabes qué te va a tocar.  


Es curioso lo que uno puede recordar, porque yo no me acuerdo de cuándo nací, ni recuerdo mi primer regalo de navidad, ni tampoco sé cuándo salí de excursión por primera vez... pero sí recuerdo la primera vez que oí la voz más dulce del mundo entero. Yo nunca había visto nada tan hermoso en toda mi vida, era como un ángel. 

No sé si todos tenemos un destino, o si estamos flotando casualmente como en una brisa; pero yo creo que pueden ser ambas, puede que ambas estén ocurriendo al mismo tiempo.

Yo no sé mucho de casi nada, [...] puede que yo no sea muy listo, pero si sé lo que es el amor

Mi madre siempre decía que la muerte es parte de la vida. Ojalá no lo fuera...

Forrest Gump, 1994.

Direcciones.

A veces siento como si fuera en la dirección correcta en un mundo en el que está de moda ir a contracorriente.


Pero ¿cómo sabes cuál es la correcta si cada uno va en la dirección que le da la gana?

Confía en tus principios, en la razón, dicen unos. Confía en tu corazón, te animan otros. ¿Y qué haces cuando ambos quieren tomar caminos opuestos? ¿Por dónde se escapa del campo de batalla? No hay vía de escape. Hay que luchar. Luchar hasta que no puedas más, hasta que te falte el aliento.

Y las consecuencias son obvias. Si gana el corazón: la pierdes. Si gana la razón: te pierdes.

En cualquier caso, no te atrevas a intentarlo, 
no puedes permitírtelo. Hay demasiado en juego.

Si lo expresaras en voz alta la carga se aliviaría, todo sería más fácil de soportar. Callártelo solo hace que te atormente más, pero si lo dices en voz alta, se hará más real, y cuanto más real sea, más costará eliminarlo, olvidar que está ahí, que no existe. Ese sentimiento tan contradictorio. Ese sentimiento por el que muchos han matado y otros tantos han muerto. Te niegas a creer que existe, te niegas a confiar en él. Y eso será tu perdición, pero también tu mayor logro.

¿Qué debes hacer? Si ni el corazón ni la razón se ponen de acuerdo, espera a que el tiempo decida. Así tal vez las cosas estén más claras. Espera, ten paciencia.

Y no dejes de luchar...
Although this war is far from over.

Shadows.

No estás a salvo de ellos ni en tu refugio. Te persiguen. Te acechan, esperando un momento de debilidad para aparecer. No descansan. Se alimentan de tu inseguridad, de tus miedos. Los ves en todos los rincones oscuros.

No tienen nombre, son sombras sin identidad que se cuelan en tu alma y la hacen quebradiza para que se rompa en mil pedazos con el primer golpe. Aparecen en tus sueños cuando menos te lo esperas, te hacen llorar. Ellos son los causantes de tu desgracia, y no al revés, como te empeñas en creer. Pero tú no te libras. Tienes parte de culpa por creer en ellos y permitir que se hagan más fuertes.

Con cada lágrima que derramas por ellos haces que su propósito tenga razón de sí, que sus ganas de herirte sean más sólidas. Cada pensamiento que les dedicas es una inyección de dolor, de rabia. Pero no puedes hacer nada por evitarlo. No puedes cambiar la imagen que los demás tienen de ti, ni lo que eres, ni lo que fuiste. Esas sombras te perseguirán toda la vida. Lo único que puedes hacer es intentar enterrarlas lo más hondo que puedas y asegurarte de que no saldrá nunca a la superficie. 

Malos momentos, arrepentimiento... y amigos.

A lo largo de mi corta vida he conseguido darme cuenta de que una persona es una de las cosas más complejas habidas y por haber, y un amigo más aún. Claro, que hay amigos y amigos. 

Están aquellos que aparentan serlo y luego no son más que concentrados de hipocresía solidificados, esos que lo único que hacen es criticar y hacer daño. No a ti, por supuesto, tienen que aparentar ser tus amigos para poder  reírse de ti luego. Lo peor es que somos tan idiotas que nos dejamos llevar por estos amigos, y acaban haciéndonos daño, mucho daño. Curioso, parece que todos los seres humanos tenemos la capacidad extraordinaria de acercarnos a lo que más daño nos hace. ¿Morbo? No, yo creo que es mera estupidez.

Luego están los amigos de verdad, los que pueden no parecerlo, pero están siempre ahí para todo. Te aguantan cuando te enfadas, escuchan todo lo que tienes que decir acerca de tus amigos y te consuelan con sus propios problemas. Si, es todo muy bonito ¿verdad? Happy flowers para siempre, tienes una vía de escape para cuando te saturas a cambio de soportar problemas ajenos durante un rato. No es solo eso, y ahí es a donde voy, ese es el motivo de esta entrada. 

Una vez encontramos a los amigos de verdad, acabamos hiriéndolos, como si fuera un rito. Bueno, puede tomarse como tal, un rito de selección natural de amigos. No suena mal. Haces o dices algo y la cagas, aunque no te das cuenta hasta mucho tiempo después, porque en el momento crees que estás haciendo lo correcto, que algún día te lo agradecerán. Y no es así. Luego hay dos maneras de que ellos reaccionen. Pueden ofenderse (con motivo) y tomarte como un amigo que solo quiere herir y mantener las apariencias o pueden aguantar y seguir ahí, tomar la ofensa como una anécdota más, porque lo bueno es mucho mejor.

Pero llega un día en que te das cuenta de que hay algo que no has hecho bien, que no tenías que haber dicho o hecho cierta cosa, y te arrepientes, te arrepientes tanto que hasta te duele. No tienes una máquina del tiempo, no puedes volver atrás, la vida no te da segundas oportunidades, así que tienes que apechugar y   seguir adelante, asumiendo las consecuencias de lo que has hecho. Lo único bueno es que, si los amigos eran de verdad, seguirán ahí, y tienes que decirles lo que sientes, o que lo sientes, si coincide. Si son de los buenos te entenderán y lo tomarán como una anécdota más para reírse en el futuro. Y si no eran más que sacos de hipocresía... mira el lado positivo, ya no tienes que aguantarlos más. 

¿A qué viene esto? Básicamente a que me he puesto a recapacitar sobre quiénes son verdaderamente mis amigos, y me he dado cuenta de que, a veces, he hecho mucho daño, y lo seguiré haciendo, porque yo soy una de esas personas que tropieza más de dos veces con la misma piedra. 

No soy yo de pedir perdón ni de arrepentirme, pero en este momento, lo haré, porque mis verdaderos amigos se lo merecen. 

Este texto va dirigido principalmente a mis compañeros de Más Allá de las Palabras, que han demostrado estar siempre ahí, en los buenos y malos momentos, como los amigos de verdad.

Gracias por estar ahí siempre.